Rodeados por una multitud de personas, en frente de la Catedral, encontramos a tres humoristas callejeros que con su picarezco humor, hacen explotar muchas carcajadas en su público.
Día viernes 10 de agosto, 15:20 horas. El día está levemente nublado, a ratos, se dejan ver algunos rayos de sol. En la Plaza de Armas, al frente de la Catedral, una multitud de gente--escolares con sus mochilas en la espalda, señoras con las bolsas de Pre-Unic en sus manos, oficinistas de abrigo y corbata, un barrendero con su tarro de basura y su escoba, vendedores ambulantes con sus mercancías en mano--estalla en carcajadas, luego mantiene un silencio, para después explotar en grandes risas nuevamente.
A los siete minutos de la rutina, uno de los comediantes comienza a molestar a su compañero con una supuesta homosexualidad, lo que genera un espontáneo griterío de la gente, que se multiplica en la turba, transformándose en un solo sonido que suena al unísono, diciendo: "uuuuuyyyyy". En ese instante, un joven, que se encontraba dos cuerpos más hacia mi derecha, comenzó a gritarle a los artistas, por lo que éstos no dudaron y ocuparon 30 segundos de su rutina en ridiculizar a esta muchacho, dejándolo en vergûenza frente a toda la multitud presente. En un principio, la reacción de éste fue reírse, para luego, tornar su carad e un color rojizo, y poco a poco, hundir su cabeza entre sus hombros, eso sí, nunca dejando un intento de sonrisa, supongo, para no verse tan humillado y ridiculizado ante todos.
La experiencia y la costumbre de trabajar hace tanto tiempo en la plaza, también ayuda a las rutinas de estos famosos personajes del lugar. Ya que, en un momento determinado del show, la campana de la Catedral comenzó a sonar. Cosa que es normal cada una hora, hasta que uno de estos hombres--vestido con un jeans azul claro, una camisa celeste, que se asoma por el cuello de un chaleco verde agua con líneas blancas horizontales y unos zapatos negros-- saca su celular, apunta hacia la cúpula del temploy aprieta un botón, simulando un control remoto, justo en el preciso momento en que la campana deja de sonar, logrando la más fuerte y larga carcajada de la multitud. Tras 25 minutos de chistes, risas, ridiculizaciones y gritos, estos artistas de la calle y maestros del humor, agradecen a su público y comienzan un discurso ya conocido por muchos de sus espectadores, en el cual, piden una cooperación monetaria para poder llegar con el pan de cada día a sus casas.